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Ostara

Bueno, bueno, bueno… los que seguís mi blog seguramente sabréis que soy super seriéfila y hoy quiero escribiros sobre el mejor episodio con diferencia de una serie. Vamos, que no lo he visto ni una ni dos veces: ¡lo he visto tres!

¡Es una santa maravilla!

No estoy hablando desde un aspecto técnico ni como experta en series -soy aficionada pero se me escapa muchísimo el mundo que hay tras las cámaras-, pero creo que -aunque no esté escrito con esa intención- es un episodio al que podemos sacarle un partido astrológico importantísimo.

Me refiero al episodio 8 de la temporada 1 de American Gods.

La serie, os hago dos pinceladas sin spoilers, va sobre la lucha entre los antiguos dioses y los nuevos dioses. La fe y las creencias de cada persona alimentan a esos seres: cuando no son adorados desaparecen; así que ahí andan los antiguos dioses batallando con el furor de las redes sociales y las nuevas tecnologías.

Por medio va la insustancial -siempre desde mi punto de vista- historia de la mujer muerta y resucitada del escudero de uno de ellos y prota de la serie, pero no tiene nada que ver con lo que voy a desarrollar ahora.

Bien, siempre entendemos a Venus como un tipo de energía concreta… y en la serie podemos ver 3 maravillosas Venus con su evolución correspondiente.

En este episodio (sin haber visto ningún otro episodio) se entiende claramente la trayectoria y reacciones de 2 de ellas.

(Sí, podemos escudriñar mucho más, pero dejadme que lo enfoque desde Venus)

Érase una vez, una puta reina…

Así empieza la historia que lanza el foco sobre su interpretación de la historia de la reina de Saba.

Una Venus que te hipnotiza y te empuja al placer para acabar muriendo en él.

Es la Venus del deseo puro, de la que emana seducción y te conduce a la desconexión de todo aquello que no llegue a ti a través de los sentidos.

La muerte a la que te conduce, obviamente, no es la muerte a la que te lleva Venus, pero sí es una buena analogía: lo deseas, lo obtienes y toca empezar en un nuevo camino.

A través de su historia podemos contemplarla desde las doradas esquinas de su existencia hasta el epicentro al que se ve empujada cuando los tiempos cambian.

Y es que los tránsitos pueden estar ahí, pero la esencia siempre es la misma, se acaba adaptando a las circunstancias y pugna por salir.

A través de su historia podemos cuestionarnos cuándo hemos dejado que nuestros sentidos hayan sido los que han pilotado nuestras decisiones y nuestras acciones y lo importantes que son.

Explican esta historia embadurnada de oro porque lo es. Es oro puro. Igual que lo son las sensaciones para nosotros. Aunque las circunstancias sean adversas. Aunque tus circunstancias sea una osadía para los demás.

Y entonces… llega la primera moraleja.

“Necesitamos una reina”

¿Quién no necesita concederse esa conexión con todo lo que pueden ofrecerle sus sentidos? ¿Por qué descatalogarlo a un segundo lugar cuando podemos ofrecerle un sillón en nuestra vida?

Esa es Venus, nuestra reina. Tu parte reina. La reina que llevas dentro.

Y cuando crees que la historia ya ha sido contada y que podemos extraer la moraleja sin más, llega ella: Ostara.

La extravagantemente edulcorada Ostara llega sin hacer ruido.

Es la que cuida los detalles, la que tiene una sonrisa afable como respuesta (casi) siempre.

La que vamos viendo que no ha tenido problema en ponerse en un segundo lugar o prestar parte de su trono durante su historia.

La que esconde los reveses de la vida bajo un alegre tocado y kilos de purpurina violeta.

La inofensiva y dulce Ostara.

¿Qué sucede con Ostara?

Que Venus, la reina, no está sólo en las mujeres.

Y aparece él. El dios de la guerra. Pero, ¿qué hay tras ese dios?

Sí. OTRA REINA. La estratega. La que ha marcado una X en su diana y alienta hasta hacer posible lo imposible para conseguir ensartar su flecha en ese centro. La insaciable e incansable.

La que no se deja llevar tanto por las sensaciones y sujeta las riendas pero no teme invocar a la misma muerte si es necesario para arrastrar a Ostara a demostrar su verdadera naturaleza.

Y es que la angelical e inofensiva Ostara es nada más y nada menos que la reina de lo esencial: la reina de la vida. Es la Venus que nos regala aquello que estamos acostumbrados a tener, a ver, a percibir, lo que damos por sentado.

Es una maravillosa Venus reconociendo la polaridad. Porque todo aquello que Venus puede darte, también te lo puede quitar, de la misma forma que las personas que más se atreven a amar son aquellas que más odio pueden acumular.

Todo es parte de su esencia.

Son las normas del juego que aceptamos cuando nacimos: la polaridad.

Es lo que esconde Venus: una esencia y cien mil enfoques.

Es lo que escondes tú.

No eres lo que te sucede, eres tu esencia intacta. Te suceda lo que te suceda.

Esas 3 Venus han sido las mismas Venus en todo momento, lo que han cambiado han sido las circunstancias externas (tránsitos y aspectos).

¿Os atreveríais a poner signo a esas 3 Venus?

Espero vuestros comentarios en Instagram y Facebook.

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